Difundir historia y actividades culturales relevantes de la comarca Cáhuil-Pichilemu, Sexta región.
miércoles, 30 de noviembre de 2022
Fotografía de lancha salinera, archivo pichilemunews.cl autor desconocido.
SALARES DE CAGUELL.
Introducción.
Reseña Histórica.
A mitad del siglo XVI el territorio conocido hoy como Cáhuil pertenece a la jurisdicción de la ciudad de Santiago, se ubica en sus términos (Distrito de Ligueimo) y, se nombra como “Los Choros” y también “Laguna de Los Choros”. En 1609 doña Leonor de la Corte recibe una merced de tierras (lo que otorga propiedad) en sus riberas (500 cuadras) las que aumentaría posteriormente y, pasa a denominarse “La Laguna de doña Leonor”, en 1631, “Lagunas de Vichuquén y la de Los Choros de Ligueimo). Ella dota a su entenado (hijastro), Sebastián Verdugo de una porción de tierras en dichas riberas (10 cuadras), quién se establece en su propiedad y es, probablemente, uno de los primeros “productores de sal” en Caguell. Él consigna este nuevo topónimo en un contrato de trabajo o asentamiento con un aborigen, (1638). Mismo topónimo es empleado por don Lorenzo Núñez (yerno de doña Leonor) en su testamento, (1658).
Sabemos que la ciudad de Santiago fue incendiada y destruida antes de cumplir un año de su fundación. Los colonos quedaron reducidos y obligados a fortificarse en sólo cuatro manzanas. Los aborígenes de la comarca están en pie de guerra, son comandados por Michimalonko, quien controla en su territorio los salares de los cuales se abastecen los españoles (Pullally, probablemente), de modo que la carencia de este importante recurso les impide conservar y sazonar los pocos alimentos que logran apropiarse.
Durante la primavera de 1541, Valdivia envía una partida de soldados con unos yanaconas aborígenes que dicen conocer otra fuente para abastecerse de sal. Se trata de Topocalma, como indica Gerónimo de Bibar, encuentran suficiente sal de mar en el fondo de la laguna. Se forma naturalmente, sin intervención del hombre, asimismo como ocurre en otras latitudes, por ejemplo, en las rocas de Infiernillo, hasta hoy día.
Sal de mar natural, no producida por el ser humano, se recolecta en los términos de la jurisdicción de Santiago en 1566. Es preciso que el Cabildo de la ciudad regule la extracción dado que algunos colonos se anticipan e incurren en acaparamiento de la substancia impidiendo a muchos proveerse del preciado recurso. El Cabildo señala expresamente que, “las salinas de la ciudad y sus términos son y han sido de sus propios, después que se pobló esta ciudad, comunes,”. No existen dueños ni productores particulares. Aún la demanda de la incipiente colonia no contaba con propietarios de los salares naturales y la cantidad que se generaba espontáneamente, era suficientes para cubrir sus necesidades. Sólo era materia de ordenar la extracción.
Ahora, no existe una fuente fidedigna que señale con fundamento y/o evidencias científicas que nuestros aborígenes hayan producido sal de mar, más o menos del modo en que se produce hoy, previo al contacto con los conquistadores europeos.
Alonso de Ovalle S.J., en su Histórica relación del reino de Chile, escrita y publicada en 1646, señala de la existencia de salinas en la doctrina del Rapel; “pero de un año suelen proveerse para otros, u nunca faltan por lo menos las salinas que se hacen a mano, que son como unas pequeñas lagunas en que entrando el agua en invierno, se convierte en sal la que queda adentro y, como es menos la materia, surte efecto con menos sol”.
También encontramos referencias a la sal marina en el Ensayo sobre la historia natural de Chile, por Ignacio de Molina S.J., en el capítulo XXVI, dice “sin el fastidio de tener que conducir el agua del mar a fosas adecuadas, como se practica en otras partes, se la encuentra –bella y ya hecha- en los vastos estuarios o lagos de Bucalemu, Boyeruca y Vichuquén, donde cada año cristaliza espontáneamente en tanta cantidad, que podrían cargarse con ella muchos barcos”.
Manuel de Amat y Gunyent, fungió como Gobernador de Chile en 1755-1760 y recorrió todo el país, visitó la costa de Colchagua y Maule, él da cuenta de la existencia de las Salinas de Bucalemu y Cahuel, “son dos Lagunas que cuajan sal, 34° 26”. Revista Chilena de Historia y Geografía, N°55.
“Las antiguas salinas que había en la laguna de Cáhuil se hicieron más abundantes, pues fueron renovadas por una gran salida de mar (tsunami) que sufrieron las costas a raíz de un terremoto, por lo que muchos interesados empezaron a fabricarlas y labrarlas a partir de este suceso, del cual dice un vecino que lo presenció: de suerte que con el terremoto que hubo en 1751, como adonde empozó el agua del mar cuajó la sal, por lo que se unieron (algunos labradores) y empezaron a trabajar.
Estos panizos de sal fueron causa de no pocos litigios, pues tierras que carecían de importancia se vieron de pronto codiciadas por sujetos que alegaban mejores derechos a ellos. La merced de tierras dada a Sebastian de Estolaza, de demasías en este sector, vino a alterar la tranquila posesión que trabajaban por muchos años personas sin más derecho legal que la costumbre”. Una comarca rural costina; La Doctrina de Cáhuil en el siglo XVIII, Bárbara Chiu Stange y Juan Gmo. Muñoz Correa, 1973.
SALARES DE CÁHUIL O CAGUELL.
Que se produce sal de mar en las riberas de la denominada Laguna de Cáhuil desde hace varios siglos, es un hecho indudable. Distinto afirmar que la “producción” de sal de mar era elaborada por los aborígenes ancestrales. Hoy día existe una pulsión por patrimonializar diversos fenómenos y, muchas veces tras esta actitud existen motivaciones e intereses políticos, económicos e ideológicos, poco claros, donde la mitomanía y/o noticia falsa, se enseñorean.
Quienes han abordado el estudio respecto de la producción de la sal de mar en la costa de Colchagua (hoy, Cardenal Caro) y Vichuquén (hoy, Curicó). Durante la era republicana, no han contado con referencias bibliográficas ni evidencias arqueológicas que les permitan afirmar que se haya producido sal de costa antes de la presencia en el territorio de los conquistadores incas ni europeos.
ESTUDIOS
Don Claudio Gay recorrió la costa colchaguina desde el río Rapel hasta el Nilahue en 1831, su informe fue publicado bajo el título, Viaje científico a la Provincia de Colchagua… En lo que respecta a las salinas de la costa indica que por ahora “me abstendré de hablar a U.U. de las observaciones que he podido hacer sobre las salinas de Cáhuil y sobre las notas estadísticas…”, sus notas permanecen en sus cuadernos manuscritos. No conocemos si ocurrió tal abordaje y publicación, resta revisar sus manuscritos en el Fondo Claudio Gay que se conserva en el Archivo Nacional.
Un siglo más tarde, Yolando Pino Saavedra publicó en los Anales de la U. de Ch. 1938 sus, Anotaciones sobre Vocablos y Acepciones usadas en Chile, Acepciones y Vocablos Salineros.
En 1955 fue publicado el estudio de Fernando Manríquez Muñoz, Salinas de Cáhuil. (Memoria de prueba de Historia y Geografía de la U. de Ch.)
Las Salinas de la Costa de Chile Central, Daniel Quiroz, Patricio Poblete y Juan C. Olivares. Revista Chilena de Antropología, N° 5 U. de Ch. 1966.
Estudios más recientes como; Sal y Sociedad de José Eulalio Vera Rodríguez en 2003.
Sal y salinas en Pichilemu. De la sal como materia a la cultura material de la sal, de Cristian Morales Pérez.
Cáhuil, primeros propietarios y el origen de sus salinas de Cristian Cofré, 2019.
Estos diversos estudios han abordado el fenómeno y actividad salinera desde una perspectiva con énfasis en el método de producción, sus usos, volúmenes, así también, sobre las herramientas y el lenguaje utilizado para referirse a la actividad, sin embargo, lo referente al acopio, almacenamiento y transporte ha sido tratado en forma somera, de los cuales quien más hace referencia a “los graneros” o “bodegones” es José Vera R.
Sobre estos edificios de almacenamiento y ciclos es que me propongo fijar la atención. Dada la importancia no menor dentro del proceso.
LA COSECHA.
Cuando la sal está cuajada y lista, el salinero entra al cuartel (a pie pelado, con ojotas o con botas de goma), portando una pala plana de madera y comienza a formar un cono con la sal cristalizada que ha rendido el cuartel. Desde ahí será transportada en angarilla (parihuelas) o carretilla al segundo lugar de acopio, generalmente al borde del sitio salinero y el camino donde se acondiciona una cancha amplia, de mayor capacidad, donde se reúne la producción de varios cuarteles y se procede a colocar en sus envases. Hasta hace algunas décadas era en bolsas de aspillera (tejido de cáñamo) con cabida de alrededor de 82 kilos, casi un quintal métrico castellano. En la actualidad, los sacos son de rafia (tejido sintético) y el peso está normado con un máximo de 25 kilos. Desde la “cancha de ensacado” puede ser cargada directamente al medio de transporte o al Bodegón construido al borde del camino para facilitar la faena de carguío.
Hasta la década del sesenta, aún era posible ver en uso, costales de madera instalados en machos y mulares donde se cargaba a granel la sal marina y ser conducida a través del Camino de la Sal o Camino de Las Salinas, “camino Real de Los Choros” hacia el interior o al norte. También la carreta sirvió como medio de transporte durante largos años.
Don Manuel Rojas en su libro, Chile, país vivido nos cuenta que Manuel Llanca y su recua de mulas cargadas de sal desaparecían entre el polvo amarillo del camino a Pichilemu para finalmente tomar el derrotero hasta Rapel. Los nombres de otros arrieros que se conservan en la memoria y que aún se encontraban activos a mitad del siglo pasado eran; Cáceres de Los Parrones, Morales de Cáhuil y Lucho “Quique” de Pichilemu. En dicha época, la actividad se encuentra en pleno apogeo y su distribución alcanza a muchos rincones de nuestro territorio, El ferrocarril y los camiones son los medios capaces de cubrir la demanda de carga. Entre los camioneros se encuentran los hermanos Alberto, Sergio y Jaime Morales, quienes además son productores y bodegueros de sal. Los hermanos Yavar, “Yayo” Iturrieta, Sergio Vargas y otros.
Hasta 1928, la sucesión de don Agustín Ross E. era propietaria del Fundo Millaco y Salinas de Cáhuil. Dicha propiedad fue adjudicada a Luis Alberto Ross de Ferari, quien la vendería a Víctor Arriagada. En dicha acta de compraventa se deja constancia que, “se comprende en la venta la salina con su bodega y terrenos anejos”. Inscripción N° 117, Conservador de Bienes Raíces de San Fernando. Año 1928
Algunos de los productores que registra el Rol de Avalúos de 1950 en el área de Cáhuil son: Armando Caroca, Perpetua Arraño, Rosa, Dionisio y Augusto Leyton, Sucesión de Francisco Escobar, Arturo, José, Eloísa y Luis Pavez, Pedro Ortiz, Gerardo Gaete, Zacarías Lizana, Eugenio Retamal, Miguel. Elena, Estela y Daniel Araneda están comprendidos en el Rol de avalúos de Paredones, dado que su residencia está fijada en la ribera sur del Nilahue. No obstante, la producción de las salinas de Guala y el Peñón de su propiedad, tienen su edificio o bodega de almacenamiento en el límite del predio El Granero con el Camino Público, por razones de conectividad.
MEMORIA DE SALINEROS.
De la comunicación oral con ex salineros de la localidad de Cáhuil podemos registrar diversas vivencias de su oficio, de las cuales compartimos una síntesis de sus hacer y saberes.
Don Luis Polanco Contreras se inició en las labores salineras a una edad temprana, 8 años, década del 50, en el servicio de desaguador de una lancha de transporte de sal desde las salinas de la familia Araneda en la ribera sur hasta el bodegón situado en el costado del camino público, en la ribera norte. Aquellas lanchas (armadas en los astilleros de Constitución) tenían una capacidad de carga de alrededor de 120 mil kilos. Con aquel peso, el agua llegaba casi al borde de la embarcación, de modo que a veces ocurría que ingresaba un poco de agua con el balanceo y otro poco también por la infaltable filtración del casco. Era necesario “achicar” el agua y lo más apropiado era un niño por el peso (un adulto restaba un quintal a la carga). Dos remeros y un tercero al timón, completaban la tripulación. Señala don Luis que no le estaba permitido a los trabajadores ejercer simultáneamente los oficios de lanchero y operario en los cuarteles, había varias diferencias en las funciones de acuerdo a las necesidades y habilidades. También había un trato diferenciado de remuneración entre salineros y lancheros.
Era preciso una gran coordinación para llevar la carga a buen puerto, a velocidad lenta para evitar volcamiento, hundirse o encallar. Don Luis recuerda haber presenciado la caída de cargadores desde el tablón puente entre la lancha y orilla para cargar y descargar. Menciona que la mayoría de aquellos cargadores que pasaron ese trance, esos, “los viejos no soltaban el saco”, se hundían con él y después salían a flote. Era “mal mirado”, soltar la carga y quién lo hacía se convertía en el hazme reír de sus camaradas.
Don Erasmo Catalán Leiva, oriundo de Cáhuil, desde joven se empleó en el trabajo de las salinas, en las cuales trabajó durante varias temporadas (desde septiembre hasta marzo), luego integraba las cuadrillas de locales y se “enganchaba” en las faenas de la vendimia y otras, ligadas a las cosechas agrícolas en el interior de la provincia. De su permanencia en el rubro salinero guarda impresiones similares a otros entrevistados, tal como don Carlos Lizana de Los Pejerreyes (Los Cauques), hijo del salinero Manuel Lizana, Rolando Leyton descendiente de antiguos propietarios y don Pedro González Rossel de 91 años, proveniente de Boyeruca, en su adolescencia se avecindó en Cáhuil a fines de la década del cincuenta donde ejerció el oficio salinero. Don Luis Arturo Guajardo desde pequeño se inició laboralmente en las salinas cumpliendo diversas funciones, hasta la actualidad, es propietario de bodega de guarda y comercialización por mayor y menor de sal costina. Ellos coinciden en cuanto a la percepción de los bodegones salineros como los edificios más grandes de la aldea de Cáhuil, ya añosos en su niñez, don Luis Guajardo es testigo de la construcción del Bodegón de los Araneda en la década del 40, por los maestros pichileminos, “Nano” Olivos y “Panchote” Bozo.
Se convertiría en uno de los más importantes junto al de Centinela de don Mario Galarce. El bodegón del fundo El Granero de la familia Araneda y Centinela, ambos situados al costado del Camino de Cáhuil, en el casco antiguo de la aldea. Agrega que en su paso por la función de cargador y “peoneta”, en el ir con un quintal de 80 kl., una y otra vez, desde el camión al interior de la Bodega Negra, su hombro formaba una dureza. Don Arturo conoció alrededor de treinta salinas y sus bodegones en el margen norte del Nilahue, desde La Villa hasta Cáhuil. Aún permanecen una docena de ellos, en distintos estados de conservación y uso. Y unos cinco en Pichilemu.
Para el año 1817, un cuadro elaborado por José Vera en base a la información recabada del volumen 27, Archivo del Tribunal de cuentas que consigna la existencia de 6 graneros en Cáhuil con una capacidad de 107 cargas o 14,76 toneladas. El término para referirse a los edificios de almacenamiento, sufrirá algunos cambios en el futuro.
EL AUTOR EN CÁHUIL.
A fines de la década del 50 y comienzos de los sesenta y aquellos galpones ya se encontraban en uso. Conocí los salares de Cáhuil cuando era pequeño, alrededor de los 10 años y mi memoria guarda las imágenes de aquella vez por el impacto catastrófico que produjera un recio temporal. La Boca del Nilahue estaba cerrada y todas las salinas estaban inundadas, desde el área próxima al actual puente hacia el interior. El camino-calle de Cáhuil se encontraba aún inundado, cubriendo gran parte de la calzada. A la altura del galpón del fundo El Granero (propiedad de Araneda), en el extremo sur oriente y fin del poblado, solo la pared del Peñón sirve como referencia al conductor, quién incursionó unos trecientos metros más y al inicio del área de curvas decidió poner marcha atrás.
Retornamos hasta la Hostería Cáhuil de Ernesto Gaete para cumplir un compromiso de mi padre con él dueño de casa en cuanto al cuidado de la residencia y una mascota debido a su ausencia temporal. Fuimos hasta el fondo del patio, límite del sitio salinero de Mario Galarce, el cual se encontraba inundado, así también el sitio contiguo al norte de don F. Armando Caroca. El sitio de Galarce lo llamaban Centinela y poseía un bodegón de guarda por el costado del Camino Cáhuil, a la altura de la carnicería de don Héctor “Tito” Cabrera. En la actualidad se mantiene en pie una bodega más pequeña por el Pasaje Centinela, la que sirve a otros fines. En tanto, el gran bodegón en el extremo sur oriente del camino, que fue construido en la propiedad de la herencia de don José Manuel Araneda Saavedra (1935), fundo El Granero, y construido en la primera mitad del siglo XX (por Miguel Araneda en los cuarenta), pasó a la sucesión y su viuda, la señora Inés Concha Silva vendió la propiedad a Nicolás Fuenzalida C. y en la actualidad pertenece a don Luis Arturo Guajardo Jorquera. Hoy día mantiene la mayor capacidad de almacenaje para la guarda de sal, alberga además otros emprendimientos familiares donde expenden productos artesanales de la localidad. Restrospectivamente, la Bodega, ha sido denominada con vocablos distintos, sin embargo la finalidad con la que fueron erigidos, básicamente, es la misma. En 2018 se refieren a “Edificio y terrenos destinados al almacenamiento de sal”. En 1994, “edificio o bodega y terrenos para el almacenamiento de sal”. En 1977, “edificio y terrenos destinados al almacenamiento de sal ubicados dentro del predio denominado El Granero, siendo los deslindes del terreno que ocupa el aludido edificio o bodega… ” (Inscripción N° 972 Conservador BB.RR. Santa Cruz). Y en Repertorio 59 año 1977 del Registro de compraventas de 2° Notaría de Santiago, Enrique Morgan indica, “La hijuela número uno de Guala, los terrenos que la unen a la hijuela de las salinas de El Peñón y el edificio y terreno sobre el cual se encuentra construida la bodega de almacenamiento de sal denominada El Granero…”
Desde estos bodegones, así también, desde La Villa, El Ranchillo, El Valle, Barrancas, Pejerreyes. Cargaban los “camiones salineros” para la bodega de FF.CC. de Pichilemu (1926) para su transporte al resto del país. Más tarde se incorporan; La Bodega Negra, situada en la altiplanicie que enfrenta la bodega del ferrocarril, desde la cual se deslizaban los “quintales” de sal por gravedad en un tobogán de madera hasta una rampla y conducirlos a hombro por los bizarros cargadores, entre los cuales destacaban por su gran tamaño; “el Zorro” Cornejo, “Tulín” González Vargas, Mario Valenzuela, Vargas, González, Osvaldo Escobar y tantos otros, cuyos nombres y hasta sus apodos escapan a la memoria.
Un dato anecdótico que agregar, el lugar de espera y reclutamiento de estos forzudos se ubicaba en el diamante de La Concepción y San Antonio, la célebre “Culata”, por el arrimo de los traseros en las paredes de aquella propiedad, y también como “la aceitera”, dado las largas esperas expuestos al sol, los sudores hacían su aparición. Dicho lugar, cercano a las bodegas y camino a Cáhuil por donde aparecían los camiones salineros.
Debo mencionar además que el área de la estación de FF.CC. había por lo menos cinco bodegas salineras más, de las cuales, La Bodega Blanca es la única construida de material sólido y una particularidad en su techumbre, esta es un arco, no era plano. Hoy está en pie y alberga una venta de leña. Se encuentra en la esquina y curva de las calles Enrique Padrós y Primer Centenario o Aníbal Pinto. Una más, por la calle E. Padrós, en estado de ruina y dedicada a guardar cachureos y basura, la que se exhibe en las veredas, puerta de entrada de la ciudad. Y una tercera, en el costado nororiente de Av. Cáhuil, la que pertenece a la familia Gaete Becerra de Cáhuil y hoy luce un letrero que indica que está en venta, una otra desaparecida hoy día, en calle Los Cardenales. Por último, don Francisco Armando Caroca disponía de una Bodega en calle O”higgins, entre Ángel Gaete y Av. Ortúzar.
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